jueves, 27 de marzo de 2014

Ganadora del concurso de relatos ♥

Hola gente de un lugar llamado mundo, como podéis ver en el título en esta entrada publicaré la ganadora del concurso de relatos. Ella es... Merce Fearless.

Aquí tenéis sus respuestas a las preguntas:

1-¿Por qué te gusta escribir? Porque creo que es lo único en lo que soy realmente buena, lo único para lo que sirvo. Cuando escribo siento que realmente valgo para algo.
2-¿Cuáles son las historias que más te gustan? Las extrañas.
3-¿Qué es lo que más te gusta cuando lees algo?  Me fijo mucho en los pequeños detalles, me encanta que se describa mucho por ejemplo a un personaje, o un paisaje, o un momento importante de la historia.


Este relato es el que escogí ganador porque me ha encantado. Aparte de eso es porque... la historia te atrapa, tiene amor... de todo y... no sé, me ha encantado, enamorado es perfecta está super elaborada y buf no sé qué más decir que es genial :)

Aquí tenéis el precioso relato:

Margaritas
Él no sabía exactamente la razón por la que se había sentido atraído hacia ella. Tal vez fuera porque la chica de las margaritas tenía algo misterioso.
Era extraña. Su cabello era negro, y siempre llevaba escondidas aquellas pequeñas y blancas flores que le daban nombre. Sus ojos eran oscuros. Su mirada, perdida. Su alma tenía algo de suicida. 
Caminaba mirando al frente, sin fijarse en nada ni nadie, como si el resto del mundo no le importara. Quizás así era, al menos hasta que le conoció.
Visitaba el valle cada día, al salir de clase. Se tumbaba entre las margaritas, contemplaba el cielo nublado, y pensaba. Pensaba sobre cualquier cosa. Analizaba las nubes. Buscaba sus formas. Observaba a las mariposas que iban de un lado para otro, revoloteando y posándose de flor en flor.
Él era muy distinto. No era misterioso. Le gustaba la música. Le gustaba sentarse delante de un piano, cerrar los ojos y sólo tocar. Muy de vez en cuando, componía. Era aficionado de la pintura, de plasmar sus sentimientos en un lienzo. Su cabello era pelirrojo oscuro, como las hojas cuando están a punto de caer.
Sólo pasaba por allí cuando se conocieron. Le gustaba la tranquilidad de aquellos campos, que siempre tenían el aspecto de la primavera.
Era un sábado, y el sol se estaba poniendo. El sol parecía haber coloreado el cielo de rosa anaranjado. Ella, tirada en la hierba, observaba. Cada día veía aquel atardecer, pero no dejaba de sorprenderla. Era algo maravilloso, digno de admirar. 
Él llevaba su vieja mochila a la espalda, y volvía a casa después de un largo paseo, como cada sábado. Aquel día estaba especialmente agotado, y cada paso le costaba más que el anterior. Cuando el atardecer dio paso a un cielo oscuro, sin una sola estrella, al joven le costaba distinguir el suelo donde pisaba. Ella estaba tumbada en aquel suelo, mirando aún al cielo. El destino quiso que sus caminos se cruzasen.
Él tropezó con ella -literalmente- y aterrizó sobre su mochila. Esta se abrió, y las acuarelas, lienzos, pinceles y lápices cayeron en la hierba, perdiéndose entre ella.
El chico se levantó al momento y, al ver con qué había tropezado, se apresuró a disculparse. Buscó a la chica con la mirada, y acabó topándose con sus ojos oscuros. No podía distinguir muy bien sus rasgos, pero pudo ver, aun estando en la oscuridad, a una chica que le sonreía a la tenue luz de la luna. No tenía la típica belleza, de eso estaba seguro, pero había algo en ella que hacía que te quedaras observándola.
-Lo... Lo siento mucho -dijo el pelirrojo, ayudándola a levantarse.
Ella volvió a sonreír.
-No te preocupes -se sacudió la hierba que tenía en el vestido, y dijo-. Nada ocurre por casualidad, ¿no? -él no entendía a qué se refería, y no le dio tiempo a pensarlo, ya que ella extendió la mano y dijo:- Soy Daisy. 
-Andrew.
-¿Puedo llamarte Andy?
-Eh...
-No era una pregunta, Andy.
Él sonrió.
Ella volvió a sentarse entre las margaritas. Alzó la vista y observó de nuevo el cielo, en el que las primeras estrellas ya habían aparecido.
Andy la contempló a ella. Daisy estaba sentada abrazando sus rodillas, absorta en sus pensamientos y en el cielo negro azulado. Por lo que podía ver con la escasa luz, su cabello era oscuro, y estaba revuelto, como si se acabara de levantar. Pudo distinguir que llevaba una especie de corona de margaritas hecha a mano.
-No te quedes ahí -dijo Daisy, de repente-. Ven, siéntate -le hizo un gesto con la mano para que se sentara  a su lado.
Él se sentó despacio, como si no estuviera del todo seguro de que debiera. Se acomodó en la hierba y observó el cielo estrellado, y no dijo nada. El chico pelirrojo y la chica de las margaritas compartieron el silencio, un silencio que era todo lo contrario de incómodo. 
Al cabo de un rato, ella se tumbó en medio de las margaritas y cerró lentamente los ojos. El aire empezaba a enfriarse y el suelo estaba húmedo. A Daisy no parecía importarle en absoluto, a pesar de no llevar nada más que un vestido de seda negra.
Andy pensó que quizá debiera volver a casa. Su familia estaría preocupada, se preguntarían qué le había pasado. Lo más extraño era que al joven no le importaba. En aquel momento, todo lo que quería era tumbarse en la hierba junto a aquella chica tan extraña y cerrar los ojos.
Y así lo hizo.

El domingo les despertó un hermoso amanecer. Al despertar, Andy no vio a Daisy, y un miedo inexplicable le invadió por completo al pensar que no la iba a ver nunca más. Pero entonces paseó la mirada por las copas de los árboles que tenía en frente y vio una figura esbelta subida a uno de ellos. Esbozó una media sonrisa, reconociendo a la joven. Ella no le había visto despierto, y él decidió no desaprovechar aquella oportunidad. Sacó sus utensilios de pintura lo más deprisa que pudo y empezó a garabatear sobre un lienzo en blanco. Dio forma a los árboles, al sol alzándose tras ellos, a los pequeños animales que correteaban por allí, y por último trazó la silueta de Daisy, con delicadeza. Borró y perfeccionó aquel boceto hasta que le convenció del todo. Sacó las pinturas y, una pincelada tras otra, el bosque de árboles que tenía ante él iba apareciendo también en aquel lienzo, que ya no tenía ni un hueco blanco. Cada detalle de la chica de las margaritas había quedado grabado también. Una vez que estuvo terminado, lo colocó cuidadosamente sobre una roca, para dejar que se secase, y fue a saludar a la joven, que seguía en el árbol.
Le costó lo suyo, pero al final Andy consiguió alcanzar la rama donde estaba Daisy, y se sentó en otra vigilando antes que pudiera sostener su peso. A pesar de que estaba de espaldas a él y que no se había oído nada cuando el chico subía, ella dijo, sin girarse:
-Buenos días.
-Buenos días -repitió él.
Cuando la chica se volvió, tenía un pequeño pájaro posado en el dedo. Alzó un poco el brazo, y el ave salió volando.
-Suelo venir a cuidarlo siempre que puedo -aclaró, hablando sobre el pájarito-. Su madre lo repudió al nacer -una sonrisa triste apareció en su rostro-. Son unas criaturas curiosas, los pájaros. ¿No crees?
Andy asintió.
-¿Bajamos? -propuso Daisy.
Él suspiró.
-Creía que no lo dirías nunca.
La chica ayudó al pelirrojo a bajar del árbol, puesto que era bastante torpe para estas cosas. Cuando ya estaban en el suelo, Daisy preguntó:
-¿Tienes miedo a las alturas?
Él volvió a asentir.
-Daisy... ¿Puedo hacerte una pregunta?
Ella sonrió.
-Demasiado tarde, Andy. Acabas de hacerme una.
El chico sacudió la cabeza y sonrió, sin poder evitarlo. Después, preguntó:
-¿Vienes mucho por aquí?
-Pregunta muy típica de los chicos -pensó ella, en voz alta. Acto seguido, rió, haciendo ver a Andy que estaba de broma-. Sí, vengo aquí todos los días. Este lugar -señaló al bosque, al valle y a todo el campo con los brazos- es mi segundo hogar. Mejor dicho, es mi único hogar. Quiero decir, tengo una casa, sí, pero no lo siento como mi "hogar". Es donde vivo, nada más. Mi sitio realmente está aquí, entre los árboles, la hierba y las margaritas. 
Hizo una pausa, respiró profundamente y continuó:
-Me has caído bien, Andy. Por eso, te confesaré que en realidad no me llamo Daisy.
El pelirrojo abrió la boca para preguntar sobre su verdadero nombre, pero ella le interrumpió.
-Alto, soldado. No quieras saber cómo me llamo en realidad. La verdad, ni siquiera me acuerdo -de encogió de hombros, quitándole importancia.
-¿Y por qué elegiste Daisy?
-Las margaritas son diferentes a las demás flores. Son hermosas, pero a la vez son tristes. Me gusta pensar que me parezco a ellas.
-Te pareces a ellas -afirmó Andy, aunque no entendía muy bien por qué las margaritas le parecían tristes, ni por qué ella lo era.
Entonces Daisy sonrió, cogió al joven de la mano y le dijo las palabras que cambiarían la vida de Andy para siempre.
-Me gustas, Andy. Realmente me gustas.
-Tu también me gustas, chica de las margaritas.
Su nuevo apodo hizo que la chica sonriera aún más.
-Ven, quiero enseñarte algo.
Daisy tiró de su brazo y lo llevó a sus partes favoritas de aquel bosque inexplorado. Subieron a la cima de una montaña desde la que se veía toda la ciudad, cada una de las casas, que desde allí parecían ser de juguete. Ella le enseñó a escalar árboles. Más tarde, la chica recogió margaritas y le hizo una corona con ellas para Andy. Su última parada fue un pequeño río, en el que alguien había colocado un tronco a modo de puente.
Allí, Andy y Daisy se besaron por primera vez. Todo ocurrió deprisa. Cruzaban el tronco cuando de repente él colocó mal un pie y estuvo a punto de caer. Ella actuó rápido y sujetó su camisa, atrayéndolo hacia ella. Así fue como acabaron con sus narices a centímetros de distancia, hasta que al final él puso fin a los centímetros que les separaban y la besó. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Daisy sintió de nuevo que estaba viva.
Finalmente, el domingo terminó, y él tuvo que regresar a casa, esperándose una buena regañina. Pero volvía a tener ese extraño sentimiento de indiferencia, no le importaban las regañinas si eran por haber estado con ella.
La historia del pelirrojo y la chica de las margaritas parecía ir a tener un final feliz, pero quién podía saberlo. A veces las apariencias engañan.

La observación de atardeceres, cielos estrellados, amaneceres, los paseos por el bosque y las recogidas de flores siguieron su curso cada fin de semana durante meses.
Daisy no volvió a observar nubes y mariposas sola. Tenía a Andy para acompañarla. Había encontrado un motivo para que cada día valiera la pena. Sin embargo, había algo que no estaba bien dentro de ella. Algo que nunca lo había estado. Seguía teniendo esa tristeza permanente que no la había abandonado desde la muerte de sus padres. Cada vez que sonreía, algo dentro de ella se rompía un poco más. Seguía siendo como las margaritas.
Andy lo notó, pero ella insistió tanto en que no ocurría nada que acabó sin darle importancia. Aprendió a observarla también a ella, y se percató de que esos silencios de cada sábado por la noche dedicados a observar las estrellas, Daisy pensaba. A veces, se despertaba la mañana del domingo y escuchaba los sollozos de Daisy. Cada vez que ella lloraba, algo se rompía dentro de él.

Y llegó la mañana de la tragedia. Era invierno y casi no quedaban margaritas. Aquel domingo, él se despertó pronto, y se dio la vuelta esperando encontrarse con el pálido rostro de la joven. Os imaginaréis que no fue eso lo que encontró. A su lado, en la hierba, había un jarrón con margaritas, y una nota. Extrañado y con un horrible presentimiento, Andy abrió la nota como pudo. Las manos le temblaban. Quería convencerse de que no era lo que creía, pero hubiera sido una pérdida de tiempo.

Querido pelirrojo:
No sé cómo decirte esto sin llenar el papel de lágrimas. Seré clara. Me voy, no puedo más. No voy de viaje, no me mudo. Voy a un lugar del que no se puede regresar. Me conoces lo suficiente como para entenderlo. Fuiste mi última esperanza, mi última razón para vivir. Estos meses me he sentido más viva que nunca, y todo gracias  a ti. Con amor,
Tu chica de las margaritas.
pd: encontré el cuadro sobre una roca, es lo más bonito que he visto nunca. Siento agradecértelo tan tarde.
pd2: nunca olvides que te quiero.

La había perdido para siempre.


Podéis visitar su fantástico blog aquí.

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